domingo, septiembre 27, 2009

Milenarios

Me rolaron, vía Caralibro, esta foto de algunos de quienes hacíamos la revista Milenio allá por 1998 o 99, en la primera redación, en Polanco.
En la fila de atrás, de izquierda a derecha, Gilberto Ávila, Diana, Toño Díaz de León, Eduardo Valdespino, Braulio Tenorio, yo y Enrique.
Al frente: Sinuhé, Nambo, Roberto y el payaso Rivera.

lunes, septiembre 21, 2009

El día que la tierra se movió

Lancé la pregunta en Caralibro el mero mero 19 de septiembre: ¿Dónde estaban hace 24 años?

Recibí algunas respuestas.

Trinidad Ferreiro fue la primera en recoger el guante: “Una noche antes me operaron la boca, estuve seis horas en el gabinete del doctor. Me desperté con el movimiento, viendo cómo se azotaba el cuadro que estaba sobre mi cabecera y cómo chocaban las puertas del clóset de mi recámara. No podía levantarme y no podía gritar. Creo que desde entonces quedé como de color amarillo”.

Después, Gerardo Galarza: “Despertando después de regresar de vacaciones por Michoacán (se podía ir de vacaciones a Michoacán). Y después de la movida; rumbo a la guardería de mi hija... sin la menor idea de lo que había ocurrido”.

Gerardo Albarrán de Alba: “Desayunando en el Regis, después de toda una noche de farra... salí de ahí 20 minutos antes... me agarró en mi departamento, en la Guerrero”.

Humberto Dijard: “En un trolebús sobre Eje Central a la altura de Fray Servando rumbo a mi primaria, que estaba en Tlatelolco; yo vivía por el parque De los Venados y ese día me fui solo... La regresada caminando a casa estuvo pesada, no tanto por la distancia, más bien por lo que vi en el camino...”.

Y por último, el camarada Abner Chávez: “En Coyoacán, en el trabajo de mi padre. Vivíamos en La Prohogar, en Azcapotzalco. Fue increíble recorrer a pie la ciudad. Entre los rumores y el espanto colectivo supe por primera vez de la solidaridad espontánea de la sociedad civil. Llegamos a casa como a las dos de la tarde. Ese día tenía examen, pero ya no fui a la escuela”.

Para ser francos, el 19 de septiembre de 1985, a la hora del zangoloteo, yo estaba profundamente dormido; tanto, que ni me alteré. Me había acostado una media hora antes, luego del reventón del primer aniversario de La Jornada.

Ustedes, ¿dónde estaban, qué hacían?

domingo, enero 04, 2009

La mordaza más grande de la historia

En el negocio del periodismo hay pifias inolvidables.
Como corrector de estilo de La Jornada, hace más de veinte años (¡chale, cómo envejecen todos!), tuve la inmensa fortuna de detectar varias de ellas. Muchas provenían de las notas del mismo reportero, aún activo y cuyo nombre no tiene caso revelar.
Su obra cumbre fue la siguiente:
Un día de 1985 una serpiente se escapó de su confinamiento en el zoológico de Chapultepec, los transeúntes dieron aviso y unos patrulleros tuvieron que apersonarse para deshacer el entuerto. El reportero de marras narró la hazaña de los dos policías y remató así su crónica: “Finalmente, los dos uniformados, con la frente perlada de sudor, lograron maniatar al reptil”.
¿Alguien se puede imaginar una serpiente maniatada?
Aparentemente ese reportero sí, por una razón muy simple: en su cabeza, “maniatar” y “atar” eran (o son) sinónimos, lo que pude constatar pocos días después en otra de sus notas, en la que hablaba del hallazgo de un par de encajuelados y “maniatados de pies y manos”.
***
Pero no hay marca que sea eterna, imbatible. Y las pifias monumentales de la serpiente maniatada y de los maniatados de pies y manos acaban de ser desbancadas.
***
Domingo 4 de enero, poco después de las dos de la tarde. Pongo el canal de televisión de Milenio, donde acaba de empezar un segmento informativo conducido (leído) por una tal Dinorah D’León.
Al informar acerca de las ejecuciones del día, la conductora habló de dos cadáveres a los que habían encontrado “amordazados de pies y manos”.
Lo juro.
Así lo dijo.

martes, diciembre 23, 2008

¿Cómo pueden vivir así?

Una noche cualquiera de mediados o fines de los ochentas vi algo realmente perturbador en un noticiero de televisión: se daba alguna información acerca de la guerra civil de Líbano y en la pantalla corrían imágenes del combate más reciente (hasta ese momento) ocurrido en Beirut, donde se veía un encarnizado zafarrancho entre milicianos cristianos y fundamentalistas musulmanes.
Lo perturbador no era el tiroteo en sí mismo (ya desde entonces estábamos insensibilizados ante la violencia bélica), sino lo que ocurría alrededor.
El combate en cuestión tenía lugar en una unidad habitacional que hacía recordar Tlatelolco o la Unidad Kennedy; es decir: bloques de edificios impersonales, feos y destinados al hacinamiento. Pero al fondo, no muy lejos, se veía una vía rápida, una especie de viaducto elevado donde había tránsito vehicular. Y no sólo eso. A un lado de uno de los edificios estaban unas tres o cuatro mujeres, a cubierto de las balas pero no muy lejos de ellas, con sus canastas colgadas del brazo.
Los habitantes de Beirut ya se habían acostumbrado a convivir con la violencia, con la guerra, con los combates callejeros en cualquier rincón urbano y a cualquier hora, con el olor de la pólvora y la muerte a la vuelta de la esquina. Los automovilistas que circulaban por aquél viaducto, a cosa de cien metros de los plomazos, iban a su trabajo o su casa, seguían con sus actividades cotidianas, como si no hubiera unos prójimos matándose ahí al lado. Y las mujeres que llevaban sus canastas, lo que hacían era esperar que terminara el zafarrancho para seguir su camino al mercado, antes, tal vez, de ir por los niños a la escuela.
Lo único que atiné a pensar fue: ¿cómo pueden vivir así?
Cuando el destino nos alcanzó
2008 ha sido un año excesivamente violento en México. Tal vez el más violento en lo que va del siglo.
Año sangriento como pocos. Al número, diríamos que “normal”, de homicidios, hay que sumar la irracional racha de ejecuciones de la guerra del narco y el frenesí homicida de secuestradores que ya no hallan satisfacción en las mutilaciones.
Ya teníamos más de una década embotando nuestra capacidad de indignación con los horrores casi cotidianos de las muertas de Juárez. El resultado es que ahora apenas ponemos atención cuando, por ejemplo, nos enteramos de que el saldo de un motín en el penal de Reynosa fue de 21 muertos, 16 de los cuales fueron quemados vivos.
Doce decapitados en Mérida apenas nos mueven a pergeñar un chiste que tiene que ver con el tamaño de las testas yucatecas y 24 cadáveres tirados como basura cerca de La Marquesa (sí, ese bucólico lugar al que los chilangos vamos a comer quesadillas, a que los niños conozcan el verde y respiren) nos generan malestar sólo porque retrasan la hora de cierre del periódico.
¿Cómo podemos vivir así?
Ahora hay una nueva situación. Antes, sabíamos de asesinatos, ejecuciones y tiroteos en lugares en los que nos parecía que era “normal”: Tijuana, Ciudad Juárez, Culiacán o Matamoros. Pero de un tiempo a esta parte, las muertes del narco se colaron a sitios antes ajenos a esos fenómenos: Acapulco, Morelia, Mérida, Uruapan, Durango...
Y, finalmente, la ciudad de México, la que debería ser la más segura del país, simplemente porque aquí suelen despachar los que trabajan de presidentes (independientemente de si ganan o no las elecciones).
Las primeras señales de que las cosas no estaban marchando bien empezaron con el incremento desorbitado del número de asaltos a casas, de robos de autos, de secuestros, secuestros exprés (durante uno de estos mataron a mi amigo Claudio Cortés, El Gallo, hace casi diez años) y extorsiones telefónicas. Pero, en un alarde de estúpida ingenuidad, nos consolábamos pensando que no estábamos “tan mal” como en las ciudades fronterizas.
(Asesinatos siempre ha habido en ésta muy noble y leal, desde los que resultan de los pleitos de cantina hasta los que cometen los secuestradores, pasando por los pasionales, los de odio, los del abuso de autoridad y cualquiera otro que resulte. La violencia tampoco nos es ajena: la callejera, la doméstica, la de clase, la de género, la de la opulencia frente a la miseria, la de los uniformados contra todos los demás, la de las intolerancias ideológicas y religiosas, etcétera. Pero cada una de estas categorías pertenece a ámbitos distintos de los terrenos del narco y ameritan aproximaciones separadas).
La cosa se empezó a calentar el 15 de febrero de 2008. Ese día, una bomba le explotó en las manos a un tarado que venía jugando con ella, como si trajera una bolsa de cacahuates. Lo bueno fue que no causó daño entre inocentes (había muchos peatones cerca). Murió el portador y su novia quedó herida.
El objetivo a eliminar con esa bomba era un mando de la policía capitalina. La libró.
Luego, ejecuciones al por mayor en la capital del país.
(De la muerte de Mouriño mejor ni hablar. La versión oficial es muy clara: la culpa fue de Stanley Laurel y Oliver Hardy, que quién sabe cómo le hicieron para subirse al avión y tripularlo.)
***
¿Cómo podemos vivir así? ¿Cómo podemos seguir viviendo con la inseguridad atenazando cada paso que damos?
Quién sabe. Pero seguimos saliendo a la calle todos los días porque no queremos que el hampa nos robe hasta el derecho de tránsito.
Seguimos viviendo nuestras vidas así como aquellas libanesas que tanto me impactaron hace años.
¿Que cómo pueden vivir así?
Ya sé cómo.

lunes, diciembre 22, 2008

Lalito Alonso


Mi papá tuvo un amigo fuera de serie. Se llamaba Eduardo Alonso Escárcega. Se conocieron, supongo, en los años veinte y juntos transitaron por un trozo importante de la historia. Bueno, también la estaban haciendo. La historia.
Desde que tengo uso de razón (es un decir) lo recuerdo en las fiestas y reuniones de mi papá en los departamentos de Roma y Bruselas. Pero cuando yo era niño, poca atención le ponía a esos adultos que se reunían con mi papá a platicar de cosas que no entendía ni me interesaban, lo que, por cierto, era normal.
En la adolescencia las cosas, en ese sentido, no cambiaron.
Pero después, a principios de los ochenta, entré a trabajar al periódico Unomásuno –quien no haya conocido en aquellos años el diario y lo vea ahora, difícilmente podrá creer que fue el mejor de su tiempo, el más revolucionario y vanguardista, el contestatario y cuestionador, el indispensable– en su suplemento político, Páginauno, dirigido por otro tipo excepcional: Rodolfo F. Peña. En fin. Entré a Páginauno, donde Eduardo Alonso era una presencia habitual.
Páginauno era uno de los pocos medios que le daba espacio a la lucha de Eduardo Alonso: la de los jubilados y pensionados del Seguro Social.
Ahí, en el suplemento, pude conocer mejor a ese hombre a quien dejé de llamar señor Alonso o don Eduardo para empezar a decirle, como le decían todos, Lalito.
Lalito Alonso era un tipo fenomenal, incansable, dueño de una cultura (política y de la otra) envidiable, siempre de buen humor y siempre dispuesto a orientar a este eterno aprendiz de periodista.
***
En los últimos veinticinco años muchas cosas ocurrieron: Páginauno desapareció, el Unomásuno se convirtió en la caricatura mal hecha de una mala caricatura. Surgieron proyectos periodísticos nuevos y tuve participación en muchos de ellos.
Lalito murió. Fito Peña murió. Mi papá también.
***
Hace unas pocas semanas se comunicó conmigo una joven mujer llamada Eréndira Plata, nieta de Eduardo Alonso. Está preparando su tesis acerca de las Casas de las Aseguradas, instancia creada por su abuelo y donde mi propio papá dio cursos de periodismo. Y precisamente de eso quería hablar Eréndira conmigo, de la labor de mi padre en esas casas.
Por desgracia no le fui de mucha ayuda. Evidentemente ella sabe mucho más del tema que yo. Y, finalmente, ella me dio a mí mucho más de lo que yo le pude ofrecer: resulta que entre los papeles que conserva su familia están un manuscrito y una pequeña biografía de Eduardo Alonso, escritas, ambas cosas, por don Hugo.
El manuscrito (no sé por qué perpetúo el error de llamar manuscrito a un documento que no fue escrito a mano, sino que es un original mecanografiado) es la bienvenida al curso, un alegato en favor de la libertad de expresión y una apretada síntesis de la historia del periodismo mexicano.
Eréndira me hizo el enorme favor de escanear los documentos y enviármelos. Acerca de la biografía de Lalito me extenderé más adelante. Ahora quiero hablar del manuscrito que no es manuscrito sino original mecanografiado... y no precisamente sobre su contenido, sino sobre su tipografía.
Hace muchísimos años, mi papá adquirió una máquina de escribir muy peculiar: una gigantesca Hermes verde olivo. Lo usual en los periódicos era la Olivetti, aquél armatoste gris fabricado en Brasil, productor, además, de un respetable escándalo que constituía la música de las redacciones cuando quince, veinte o más reporteros tecleaban al mismo tiempo. Una sinfonía ya olvidada. La Hermes también era escandalosa, pero difería de la Olivetti en otras cosas. Para empezar, la Hermes era poco conocida por estas tierras; el modelo que sí llegó masivamente a México fue el portátil, llamado Baby, traído desde Suiza por su inventor: Gutierre Tibón. Pero la diferencia principal entre ambas marcas era la familia tipográfica: Olivetti venía, si no recuerdo mal, con un tipo times en diez o diez y medio puntos en tanto que Hermes usaba un tipo elite a nueve puntos. Elegante.
Lo que pasó cuando vi el documento mecanografiado por mi papá fue que regresé en el tiempo, varias décadas, a los años de infancia allá en el departamento de Roma, cuando el tecleo de la Hermes, por increíble que parezca, me ayudaba a conciliar el sueño. Ese cadencioso traqueteo me arrullaba porque, ahora lo sé, le decía a mi subconsciente que todo estaba en orden, que estaba en mi casa y mi papá estaba trabajando ahí, como todas las noches.
Para una mente infantil eso era suficiente para dormir tranquilo.
***
El folleto con la biografía de Eduardo Alonso (cuya portada encabeza esta entrada) es otro cantar.
No dudo de que mi papá haya redactado algunas partes de esa minibiografía (o que haya proporcionado la información básica para hacerla), pero no es obra suya.
Que me perdone el autor(a), pero el folleto está muy mal escrito y mi papá escribía muy bien.
Tiene faltas de concordancia, la puntuación deja mucho que desear, abusa de las altas (mayúsculas, pues) y más de la mitad del folleto está dedicado a promover la organización de pensionados, que dirigía Lalito. Y no es que sea malo promover un movimiento. No. Pero, entonces, que no vendan la idea de que se trata de una biografía.
Pero hay, además, un detalle que no deja dudas acerca de la no autoría paterna de ese texto. En alguna parte aparece su nombre, algo que él no hubiera permitido: “Ahí, junto con el profesor Arturo Manzanos, director de la misma, y de un equipo de colaboradores entre los que destacaron su hermano Alfonso, Francisco Moreno Jaramillo y Hugo Martínez Moctezuma, logran la participación de más de 12 mil trabajadores en las distintas actividades sociales y educativas que desplegó dicho centro”.
Pero no importa. Igual me dio mucho gusto tener acceso a esos documentos.

lunes, diciembre 08, 2008

El santo oral

Hoy es día de san Juan (Lennon) y de santa Bárbara (Moctezuma).

sábado, octubre 04, 2008

Duele Tlatelolco

Para quienes tengan algún interés en la cronología que he venido esbozando sobre el movimiento estudiantil de 1968 (gracias por la promoción, Rafael, y nos vemos el día 13), la acabo de mudar a un blog monotemático. Lo pueden ver aquí o en los vínculos de la derecha, donde dice "Tlatelolco".

jueves, septiembre 25, 2008

Sospechosos comunes

Esa era la mesa de redacción de Crónica. La foto debe haber sido tomada a principios o mediados de 1997 en la primera sede del periódico, en Río Hudson, en la Cuauhtémoc.
A la izquierda, sentado y con cara de fastidio, Tomás Tenorio. A su lado, hablando por teléfono, Eloín Santos. Sigo yo y a mi izquierda está un compañero cuyo nombre se me escapa.
Luego vienen: Arturo López (actual compañero en Excélsior y cuyo apodo variaba: con anteojos era Clark Kent y sin ellos, Supermán. Es el único mormón que conozco, por cierto), el dottore Francisco Báez (entrañable amigo, con quien he trabajado, intermitentemente, en más de un lugar desde hace un cuarto de siglo), Carlos Patiño (el hombre enciclopédico, el abuelo de Miguel y trabajando otra vez en Crónica, como el doctor Báez), el buen camarada Fito Zárate y, al final, Walter.

martes, septiembre 23, 2008

Mucha sangre

Mis entradas más recientes han salpicado sangre a diestra y siniestra, pero ha sido involuntariamente. La culpa la tiene el país, que se nos volvió una nota roja gigantesca.
Escribí de los días en los que el movimiento del 68 se empezó a desmadrar, con muertos de los dos lados, lo que nos dice que el asunto no es nuevo (y aún no llego al 2 de octubre).
Escribí de las granadas del 15 de septiembre que mataron a ocho personas en Morelia (un niño entre ellas), hirieron a más de cien y, literalmente, pintaron de rojo las baldosas de la plaza Melchor Ocampo.
Me di tiempo de mencionar el fallecimiento de Rick Wright (no violento, hay que decirlo) y, como de pasada, me referí a los doce decapitados de Mérida y los 25 (fueron 25, no 24) ejecutados que tiraron en La Marquesa.
El país es una nota roja. Una muy grande: de dos millones de kilómetros cuadrados con más de cien millones de habitantes (y tener a más de cien millones de habitantes viviendo con miedo no es poca cosa).
El problema es que no quiero vivir en una nota roja, especialmente si no tengo nada que ver con ella. Ahora nos salen con que todos somos corresponsables de este clima de violencia, así sea por omisión. Es algo que no acepto, porque nunca ha estado en mis manos la seguridad nacional, nunca he pactado con el crimen organizado ni soy responsable de la corrupción de jueces y policías.
No quiero vivir en una nota roja.

lunes, septiembre 22, 2008

Tlatelolco, día 62. La batalla de Tlatelolco

El sábado 21 de septiembre siguieron los enfrentamientos en Zacatenco, mientras los chavos de la Voca 7 se preparaban con piedras y bombas molotov para recibir en Tlatelolco a los granaderos y los adolescentes de la prevocacional 4 y de la secundaría 83, así como los propios tlatelolcas y vecinos de otras zonas aledañas, se unían a los estudiantes de la Voca 7. Jaime Reyes García narró: “Los chavitos de secundaria, aprovechando el sábado, se integraron para pertrecharse contra los granaderos (...) Teníamos las azoteas de los edificios llenas de chavos con piedras gordas”. Los estudiantes quemaron trolebuses, patrullas y un jeep e interrumpieron el tránsito en San Juan de Letrán, para tratar de distraer a la policía, que en ese momento está atacando Zacatenco.
Jaime Reyes contó que los jóvenes “Decíamos: ‘En Zacatenco nos están golpeando, vamos a provocar situaciones para que vengan por nosotros que sí estamos preparados para enfrentarlos”. A las seis y media de la tarde llegaron a Tlatelolco los granaderos y empezó, dice García Reyes, “una de las batallas más temibles que hayamos tenido contra ellos, y con un saldo positivo para nosotros”. Granaderos, policía montada y gendarmería “bajo el mando del teniente coronel Armando Frías y del general Cueto Ramírez”, concentran su ataque sobre la Voca 7. Los estudiantes, parapetados en los edificios aledaños, atacaron a los granaderos con piedras, palos y bombas molotov, y los vecinos de Tlatelolco les aventaban “baldes de agua caliente”. Los granaderos respondieron con gases lacrimógenos y las mismas piedras arrojadas por los estudiantes.
En medio de la refriega “un militar, que andaba de civil, de apellido Urquiza, intentó llegar a su casa en Tlatelolco y vio que unos granaderos golpeaban a su madre. Sacó su pistola y mató a dos granaderos”. David Ortega relata que los estudiantes de todos los planteles de Zacatenco, al saber de los enfrentamientos en Tlatelolco, enviaron “refuerzos hacia la zona de combate. Prácticamente se divide la ciudad y se abre un campo de enfrentamiento directo. Se organizan brigadas de carros que llevan y traen a los que están golpeados, a los intoxicados con gases, y de alguna manera funcionan como retaguardia de los enfrentamientos”. La lucha se extendió hacia Peralvillo, la colonia Ex Hipódromo y Tepito. Y narra García Reyes que en Ex Hipódromo de Peralvillo, los jóvenes aventaban llantas encendidas a los policías: “A las doce de la noche no había un solo detenido, los granaderos habían agotado sus provisiones de armas, habían muerto dos de ellos, y se pusieron a disparar, a mí me consta. Ví
granaderos disparando con pistola. Cuando ya estaban totalmente derrotados, llegó el ejército...”